Hace muchos, pero muchos miles de años, en lo que ahora es el departamento de Tacna, al sur del Perú, se levantaban dos hermosos nevados. El Padre Sol los había creado para que vivan en las enormes montañas. Al más alto le llamó Chupiquiña y al más pequeño, Takora.

Ambos eran hermosos y se sabían fuertes y admirados. Chupiquiña era el más bello. Su estatura sobrepasaba en más de dos cabezas al Takora. El Takora nunca envidió esa belleza; compensaba su falta de estatura con una inclinación por los colores que distinguía en el horizonte: el azul del mar y del cielo y el verde de los campos.

Pasaron miles y miles de años. A medida que pasaba el tiempo Chupiquiña se tornaba déspota. Su belleza lo iba perdiendo, su fuerza la empleaba en hacer creer los ríos hasta que éstos se desbordaban. En las tardes se alimentaba de truenos y descargas. Su vestido era una cortina de lluvia y encima de la bella cabeza el arco iris alumbraba. Cuando esto sucedía, Chupiquiña hería con terribles ironías a su compañero Takora. Este durante años, miles de años, soportó pacientemente las ofensas.

Muchas noches los hombres, que por esos días fueron creados, escucharon la música que bajaba de las estrellas o se descolgaba de la luna. Era el pequeño Takora que silbaba con el viento una canción de tristeza y desvarío.

Mas, durante siglos, Takora fue alimentado por la fuerza del Padre Sol quien decepcionado por la conducta de Chupiquiña varios días del año no aparecía.

Una mañana, en la hora que a todo soberbio inevitablemente llega, el Takora se armó de un garrote del tamaño de su furia y fue en busca de Chupiquiña que se contemplaba en la laguna de Arikota, gran espejo que siempre le predecía buenas nuevas. Chupiquiña en un primer momento, con la confianza que da el sentirse suficiente, pretendió ignorar al Takora que se acercaba dando voces y con ademanes que expresaban su furia.

En aquel instante el Padre Sol se ocultó entre unas grandes nubes.

No hubo tiempo para las explicaciones. A veces el callar demasiado, el soportar años de humillaciones y desdichas hace que toda explicación sea vana, que el parlamentar sea inútil.

Con la fuerza que da el ardiente deseo de recuperar la dignidad perdida, el Takora levantó con ambas manos –hasta tocar el cielo- el inmenso garrote y lo descargó sobre el cuello de Chupiquiña. En aquel momento se hizo la noche y aparecieron las estrellas.

La bella cabeza del Chupiquiña voló por el aire y envuelta en fuego rodó por el abismo. Era el castigo a la soberbia, el pago al narcisismo.

Al caer la tarde Takora aun contemplaba el fondo del barranco donde la bella cabeza era acariciada por la brisa suave del mar y no cesaba de arder.

El Takora se entretuvo con el vuelo de los cóndores y las tristes carreras de los huanacos. Era como si hubiera crecido en la soledad.

El Padre Sol nacía en las montañas y se dormía en el mar. La Luna cambiaba de rostro muchas veces. Y así por años de años, siglos de siglos. Los hombres se multiplicaron, se multiplicaban animales y plantas.

Sobre la cabeza de Chupiquiña se levantó un pueblo al que los primeros habitantes llamaron Takana. Los takanas eran medianos de estatura, fuertes, impávidos ante el dolor y el sufrimiento. No eran guerreros. En las noches hacían el amor y entonaban canciones. Era en ellos preocupación constante contemplar la madre cordillera y orar por la soledad del Takora y el cuerpo inerte del Chupiquiña decapitado, víctima de su soberbia.

Una mañana, de un año bisiesto, reunidos todos en la plaza dedicada al dios de la lealtad infinita acordaron que en adelante, y para siempre sus casas, y todo edificio que se construyese, tendrían la forma de trapecio, de pirámide trunca, en homenaje y recuerdo al Chupiquiña sobre cuya cabeza, por azar, habían fundado su pueblo.

Desde aquel tiempo todo viajero que llegue a Tacna, ciudad situada al sur del Perú, podrá observar las casas con techos que llaman de mojinete. Y si dirigen la vista a la cordillera de los Andes, en días de radiante sol, cuando el cielo parece que cantara, podrán contemplar al solitario y pequeño Takora y a su diestra el cuerpo decapitado del Chupiquiña llorando lágrimas de nieve.

 
FREDY GAMBETTA.- Poeta, escritor y periodista peruano, nacido en Tacna.
imagen obtenida de http://www.mundofotos.net/foto/reinaldo/889236/mojinete-c-pacheco-cespedez"